la sumisión del poder cap 01
Esta es una historia que no puedo contar a nadie,pero siento que si no lo escribo, simplemente explotaré.
La razón es fácil de entender cuando a los diez años te secuestran y convierten en una mascota con el cerebro frito, lista para que un hijo de puta con dinero te use, rompa y termine de destruirte, pero por suerte o desgracia para mí, la policía me rescató un año después de mi captura.
Esto podría sonar al final de una historia de superación donde la protagonista sobrevivió a torturas y humillaciones para convertirse en una inspiración para el mundo.
O eso sería en una película; esto es la vida real y lo único que pasó después de mi liberación fue regresar a mi casa con mi madre y padrastro, los cuales sé que me aman.
Pero algo me hacía sentir sola, pues, a pesar de que en el exterior parecía normal, una chica reservada y estudiosa que ama a sus padres, en el fondo de mí ansiaba la oscuridad de mi collar, la sensación de sentirse viva después de ser azotada y asfixiada.
Sencillamente, me es embriagadora y terriblemente culpable, como si traicionara todo lo que debería ser.
Por lo que, en cuanto cumplí los 19 y gracias a mis calificaciones, pude conseguir una pasantía con aspiraciones a un puesto permanente en Suiza como desarrolladora.
Todavía recuerdo cómo mis padres celebraron mi partida, deseándome lo mejor, mientras que mi yo interno gritaba por llegar a mi apartamento privado, desnudarme y atarme a un poste hasta que mi corazón se calme.
Pero a pesar de todos mis demonios internos, logré salir adelante y, cuando pensaba que había dejado atrás el pasado, sucedió el milagro, pues en un juego tonto entre los pasantes, compramos billetes de lotería, algo que, dada mi suerte, solo me daría un mes de renta y las risas de mis compañeros.
Pero grande fue mi sorpresa cuando mi boleto tenía el premio mayor: 230 millones de francos.
Lo cual hizo que todo se saliera de control, pues lo primero que hice después de cobrar el premio fue comprarme una mansión de 10 millones de francos en los bosques de Suiza.
Con todo lo que he querido en una casa, pues son tres recámaras, sala, comedor, estancia, garaje, rodeada de jardines y árboles con una barda perimetral que me garantiza privacidad total.
Y lo mejor, un sótano de cantera pura que convertí en mi mazmorra personal, dando rienda suelta a todo lo que mi mente quisiera.
Desde atarme en una posición humillante donde una máquina me azotaba con una vara sin piedad, hasta que mi piel se pusiera roja y mi saliva bañara mi pecho por la mordaza que mordía para no gritar.
Hasta jugar al ahorcado, donde la sensación de estar atada con las manos a la espalda y los ojos vendados, impotente y ansiosa a que la polea cobre vida y me obligue a ponerme de puntitas, completamente estirada para no ahogarme, esto, lejos de asustarme, me daba la liberación que mi mente buscaba con locura.
Más aún cuando imaginaba que estaba en un juicio desnuda y expuesta ante cientos de personas que clamaban por mi ahorcamiento, el cual se hacía esperar, haciendo que mis piernas se sintieran como gelatinas y mi cuerpo sudara esperando la condena, la cual la polea, como un juez sádico, sentenciaba la horca.
Haciendo que mis pies perdieran el suelo y mis ojos, sumidos en la oscuridad de la venda, se llenaran de lágrimas mientras me sacudía como un pez fuera del agua, mientras luchaba por respirar con la boca abierta hasta que caía al piso como una muñeca rota, jalando todo el aire que podía, sabiendo que este no era el fin, pues la polea volvía a tensar la cuerda, repitiendo el mismo proceso una y otra vez hasta que no podía más.
Otros días solo me arrastraba a una jaula en la cual solo podía estar de pie, con los barrotes clavándose en mi piel, donde me sentía terriblemente frustrada por tocarme, pero por más que peleara contra la jaula, no podía hacer nada más que estar parada en posición de firmes con las manos a los costados y la vista al frente, sabiendo que no sería libre hasta el día siguiente.
Pero lo curioso de la vida es que todo cambia y rápido me aburrí de vivir como una esclava sin más propósito que autocastigarme, pues siempre estaba sola en esa gran casa y, si bien tenía la compañía de la tortura de las máquinas, que me divertía,
Poco a poco sentía que me faltaba algo más, pues, por más que me atara, azotara y encerrara en mi jaula, siempre tenía las llaves en mi mano, lo cual se volvía cada vez más monótono, hasta el punto de que dejé de ir a las mazmorras.
Pues no tenía sentido más que masturbarme y regresar a la cama a ver el teléfono, y si vine, pensé en tener a un amo que me entrenara y castigara; sonaría bien. Dado mi inicio en este mundo, me daba bastante miedo que alguien me volviera a torturar; algo que sonaba tonto, pues siempre he querido recrear lo que había pasado cuando era niña, pero aún no me sentía lo suficientemente loca como para ceder el control a una persona.
Por lo que, en vista de que mis deseos no eran satisfechos del todo, decidí regresar al mundo laboral, y ahora con 119 millones no regresaría como un asalariado, así que empecé a buscar un asesor, pues no quería regresar a no tener nada por compras, acciones o empresas inadecuadas.
Fue donde conocí a Federid, un corredor de bolsa que me garantizaba éxito empresarial; en el fondo es un verdadero hijo de puta que vendería a su esposa y su alma por el éxito. No sé qué me hizo confiar en él, pero decidí dar un brinco de fe y confiar en la recomendación de mi exjefe, el cual me garantizaba el éxito de Frederid.
Y para mi sorpresa, Federid, con 50 millones al año, me regresó los casi 100 millones, algo loquísimo, por lo que fundamos una sociedad, Rove Company, donde los dos nos volvimos más ricos, pues me quedaba con 60 por ciento de las ganancias mientras solo respiraba.
Lo cual hizo que tanto Federid como su esposa Marta se volvieran cercanos a mí, al punto que les di acceso a mi casa, cosa que no se me hizo muy relajante, pero tenía mis razones, y siempre me pareció que ninguno de los dos son del tipo de personas que entran sin avisar.
Pero si bien, aun diciendo esto, no sería suficiente como para que les diera llaves, sí lo fue el que entre la valla perimetral y la casa hubiera una separación de dos kilómetros y para caminarlos por la entrada de grava resultara supercansado.
Eso hizo que lamentara lo de ese día, el cual había empezado con una de esas ocasiones en que estaba "despejando mi mente", todo por la celebración de mi nueva adquisición, la cual era una casa de perros premium, la cual era enorme.
Bastante como para que pudiera habitarla sin ningún inconveniente y la razón de esto tal vez suene tonta, pero para mí me pareció lógico, pues ya llevaba tiempo pensando que una casa tan grande para una mascota como yo no era la mejor, pero no iba a vender mi mansión para mudarme a un estudio de dos por dos con paredes de papel donde no podría autocastigarme cómodamente.
Y para solucionar este problema, mandé hacer una casa de perro de madera reforzada y tachonada, cálida y perfecta para mí, con puerta de madera tipo mazmorrra medieval y una altura que me obligaría a andar a cuatro patas.
Recuerdo cómo el carpintero me veía raro, pero eso no me importó; solo mentí que era para una perra que había adoptado recientemente, por lo que solo la hizo e instaló en el patio en un lugar perfecto para, según él, el carpintero, un lugar perfecto para mantener a esa perra lejos de la acción.
Así que el día que estuvo terminada no me hice esperar y en la tarde comencé la celebración. Con una noche loca donde mi único atuendo era mi collar de acero electrónico y el látigo, mi premio por haber sido una perra mala que va a ser exiliada a su propia casita.
Recuerdo cómo bajé las escaleras de piedra desnuda con solo mi collar hasta la mazmorra donde ya había preparado todo lo que iba a usar esa noche y mi primera parada era la máquina de azotes.
La cual ya me esperaba con una vara lista para azotar mi trasero, así que, sin mucha ceremonia, até mis manos y pies a la máquina de acero.
Donde las ataduras me mantenían estirada en forma de X, donde la máquina soltó el primer azote directo en mi trasero, lo que provocó que soltara un grito que resonó en toda la mazmora.
Esta vez no usaría mordaza, pues quería gritar sin impedimento, y vaya que lo logré, pues no pasaron ni veinte azotes para que yo estuviera gritando y llorando ante la máquina que me azotó sin piedad y sin detenerse hasta más o menos cuarenta azotes en mi trasero, el cual seguro ya estaba lleno de líneas rojas con puntos morados, donde seguro ya tenía algunas gotas de sangre, lo cual me hacía gimotear como una niña desconsolada.
Pero el que los azotes se detuvieran no era señal de fin, sino un cambio de zona, lo cual hizo que mi llanto se incrementara más ante la idea de que ahora la máquina está eligiendo entre mi trasero, pecho, espalda, coño, piernas o pantorrillas.
El cual, después de unos minutos, escuché cómo la máquina se movía y de pronto el silbido, el cual se impactó directo sobre mi espalda, lo cual hizo que me estirara hasta los dedos de los pies.
Así continuó la máquina hasta que me liberó, no antes de haberme azotado la espalda y el pecho hasta que mi voz desapareció por los gritos, por lo que decidí quedarme en el suelo descansando por unos minutos.
Pero una vez que descansé bastante, decidí que no era suficiente el castigo, así que preparé mi siguiente escarmiento, para el cual era una tina de alrededor de 70 litros de agua, en la cual coloqué una polea que me suspendiera de los tobillos. Así que inicié con un pequeño juego donde reuní más cosas para mi tormento, las cuales fueron bastante fáciles de ubicar.
Pues solo fueron unas esposas, una venda para los ojos, varias pinzas y una bola de acero de 15 kilos.
Y así empecé, primero poniéndome una pinza en la nariz, pues no quería ahogarme, seguida de una pinza en la lengua, para terminar con dos pinzas en mis pezones. Estas últimas sí me dolieron.
Pero, a pesar del dolor en mis pezones, seguí adelante con la venda de los ojos seguida de los grilletes que unían mis tobillos a la polea, la cual accioné y, de a poco, me levanté del piso lo suficiente para colocarme los dos últimos accesorios, los cuales son la bola de acero de 15 kilos que evitaría que me doblara para evitar el agua y, por último, tomé las esposas que cerré alrededor de mis muñecas; en la espalda, sellando cualquier opción de evitar el próximo castigo.
Así que la polea terminó de elevarme, haciendo que la bola de acero me corte levemente la respiración hasta que la polea se alineó con el tanque de agua helada de 70 litros de agua.
Donde, después de unos minutos de suspenso, la polea terminó, soltándome de cabeza directo al tanque, donde rápido aterricé y traté de doblarme para salir del agua, pero eso fue inútil, pues no tenía la fuerza para levantar la bola de acero, por lo que solo me quedó esperar a que la polea me sacara a la superficie.
En cuanto sentí el aire helado de la mazmorra en mi cara, sentí un gran alivio de poder respirar, sin importarme que fuera una libertad prestada, pero rápido llegó la hora de pagar cada respiro, por lo que la polea volvió a dejarme caer sobre el agua helada.
Para cuando terminó la polea de dejarme caer en agua fría de cabeza, estaba molida y terriblemente satisfecha. Por lo que no me importó quedarme dormida atada y mojada en el suelo de la mazmorra.
Para cuando desperté, el sol había salido, pero aún seguía muy cansada y con hambre suficiente como para comerme un caballo entero.
Por lo que, con el cerebro frito, me desaté, dejando donde estaba cada objeto en su lugar, donde cada movimiento me dolía con una punzada que me recorría todo el cuerpo, pero por fin estaba libre y lista para ir a mi nueva casa, donde ya me espera algo de comida, agua limpia y una cama muy cómoda para perros, por lo que, sin querer esperar más, me dirigí a las escaleras, ajena a que el collar se activara y, con una descarga, me regresara al suelo.
Lo cual me hizo recordar que traía el collar electrónico, el cual, una vez activo, no podía ni estar en pie, ni emitir ni un quejido proveniente de mis labios, pues de hacerlo recibiría una descarga eléctrica.
Por lo que, sabiendo que este no se desactivaría en un rato, no me quedó otra que salir a cuatro patas hasta mi jardín, donde ya me espera mi nuevo hogar.
Una vez que llegué, ya me estaba esperando una colchoneta y una cadena que, aunque la reja de la puerta de la casita estuviera abierta, garantizaba que no podría alejarme de la casa más de 2 metros, lo cual me excitaba sobremanera imaginarme como la mascota del dueño de la mansión, el cual no quería que la ensuciara, por lo que me mandó al patio donde encadenó mi collar a la puerta de la casa de perros para que no hiciera travesuras.
Lo que no esperaba es que Federi me sorprendiera, pues recuerdo cómo escuché su auto atravesar mi camino de piedras para después escuchar su paso junto con la voz de su esposa llamándome a través de mi sala, lamentando la estúpida idea de darle acceso a mi casa.
Donde lo único que podía hacer era rogar para que no me encontrara, pero esto, para mi desgracia, no pasó y terminó asomándose a la casa, donde yo estaba hecha un mar de nervios, desnuda y atada a una cadena.
Por lo que cuando nuestras miradas se cruzaron, solté un grito diciendo: "No me mires". Donde el collar detectó mi voz y no titubeó en castigarme frente a Federid y Marta, los cuales se sorprendieron por mi grito de dolor.
